Crónicas coronavíricas (2): El hombre que acampa en la ciudad

R duerme en la calle. En la entrada de la sucursal de un banco que hace chaflán junto a mi casa.

Antes, cuando no teletrabajaba, lo veía ya despierto a las siete y pico de la mañana.

—¡Qué pena! —exclamó María la primera vez que supo de su existencia.

Hasta entonces, yo había sido consciente de aquel drama humano de un modo muy acolchado.

Uno de los mayores temores que siempre ha tenido María es el de quedarse sin nada y tener que vivir en la calle. Está, pues, muy sensibilizada con el asunto. A mí, en cambio, de natural menos sensible y acaso más inconsciente con respecto a determinados peligros, la idea de ser despedido del trabajo, por ejemplo, se me antoja divertida. Contemplo cierto grado de incertidumbre como un lubricante para las ruedas dentadas de la inevitable rutina sobre la que se articula la vida.

No obstante, a pesar de mi insensibilidad —quizás alimentada por el hecho de no ver a R tan mal (viste decentemente, va aseado, lleva gafas y fuma cigarrillos)—, procesé la situación, la comprendí, y me pareció acertada la propuesta de María de acercarnos a hablar algún día con él.

Sugerí, eso sí, que primero sometiésemos al individuo a un periodo de observación que nos serviría para verificar si se corresponde o no con el perfil de sociópata. Mi mayor preocupación, empero, no era ésa, sino que se tratase de una de esas personas tan necesitadas de atención, que les ofreces una mano y te cogen la mano, el brazo, la otra mano, el otro brazo, y de pronto están llamando a tu familia para pedir un rescate por el resto de tu cuerpo porque no te sueltan ni a sol ni a sombra. Conozco bien a estas personas porque he sido propenso a recoger de la calle animalillos humanos socialmente desvalidos.

Y en ese periodo de estudio estábamos, cuando el otro día miro desde mi escritorio a través del cristal de la puerta del balcón, y veo a R hablando con un tipo de más o menos mi edad. Guardando, por supuesto, la debida distancia de seguridad impuesta por el coronavirus.

Es la primera vez que veo a R establecer algún tipo de interacción con alguien. Hasta la fecha sólo lo he visto sentado sobre su rudimentario lecho, o dando uno de sus característicos paseos obsesivos —camina unos cinco metros en línea recta, da media vuelta, desanda el trayecto, y así puede pasarse horas—.

Como no hay nadie en la calle por la imposición de no salir y, además, el tráfico es prácticamente inexistente —es domingo—, la mayor parte de la conversación llega nítida a mis oídos:

—Hay unas ochocientas personas en mis circunstancias —dice R con potente voz y clara dicción—. Yo estoy de acampada. Es sólo que, en lugar de hacerla en el campo, la hago en la ciudad. Yo espero salir. Vamos, salgo seguro.

—Si necesitas cualquier cosa, estoy por aquí —dice su improvisado contertulio con un volumen menos audible.

Según una página web que ha habilitado Microsoft, en España hay confirmados once mil trescientos nueve casos, con quinientos nueve fallecidos.

Llevo cuatro días recluido. Pero mañana no tendré más remedio que salir a comprar.

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