Corre, escribe, viaja

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Gané.

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Estoy en la jam session de El Búho Real. Inopinadamente, me viene el recuerdo de mi llegada a Madrid, en dos mil cinco: los primeros recitales; la sorpresa, respeto y cierta envidia que me inspiraban los poetas que, en lugar de leer sus poemas de unos papelajos arrugados salidos de la impresora como hacíamos todos, los leían de sus propios libros. Libros de verdad, de imprentas y de editoriales.

Y de repente aparece este endecasílabo en uno de los pliegues de mi cerebro: «Ya no me hace ilusión que me publiquen».

Me dice P que ahora mismo no cae en qué periodistas podrían hacer una reseña de mi libro porque sólo conoce a mujeres que me odian. Creo que exagera: también conoce a hombres que me odian.

«Siendo honesto no conseguirás muchos amigos, pero siempre encontrarás a los correctos.» (John Lennon.)

Si leo a Kapuściński, ¿aprenderé cosas sobre África o sólo quedaré como un esnob?

«Uno es de Bilbao si quiere ser de Bilbao, y uno es de Tánger si quiere ser de Tánger. Y yo hace años que decidí ser de Tánger.» (Javier Rioyo en la presentación de Tánger: esa vieja dama, en la Casa Árabe de Madrid.) Como diría mi amigo K: Agree.

A lo largo de los años he ido elaborando una exhaustiva lista con las numerosas características —soy exigente, lo sé— que ha de reunir una mujer para que sea susceptible de enamorarme:

CARACTERÍSTICAS QUE HA DE REUNIR UNA MUJER PARA SER SUSCEPTIBLE DE ENAMORARME

Voy corriendo por el Retiro. Nunca corro con auriculares porque considero que correr es una actividad que convoca a la reflexión —y, con suerte, a la meditación— y que, en consecuencia, todo lo que no sea silencio o el sonido rítmico de tu respiración desvirtúa la experiencia.

Sin embargo, hoy estoy escuchando —por segunda vez— un fragmento de un podcast en el que entrevistan a un empresario español, en el que éste habla de las técnicas de marketing de venta a puerta fría que aprendió y usó con éxito cuando empezó a trabajar en Canadá.

Apenas llevo seis minutos de trote cuando una llamada se cuela en mis audífonos. Es Fernando Sánchez Dragó. Ha recibido mi nuevo libro de poemas por correo y me informa de que va a intentar hablar de él esta noche en el programa En casa de Herrero.

[El libro estará a la venta en breve. Si quieres que te avise cuando esto ocurra, déjame tu dirección de correo aquí.]

Llego a casa, me ducho y pongo la radio mientras ceno.

Dragó, en efecto, habla de mi libro y lee el soneto «Selfies con morritos», soneto que confieso —ahora que no nos escucha nadie— que escribí para Risto Mejide.

[Puedes oír el fragmento del programa en el que Dragó habla de mi libro aquí.]

He decidido que la gente que no me termina de caer mal pero tampoco me termina de caer bien, me va a caer mal.

Mis conocimientos y aptitudes culinarios están creciendo a un ritmo vertiginoso. En un futuro tal vez me atreva con una sopa.

«Tánger es un sitio de gente cansada de algo.» (Eduardo Haro Tecglen en Tánger: esa vieja dama.)

Pero cómo voy a saber por qué te levantas con ganas de llorar si ni siquiera soy capaz de entender por qué alguien se compra un móvil blanco.

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