Cómprate un Samsung

Entro en la tienda de estilográficas y pregunto por la Kaweco Sport Brass. La tenían en diciembre. Ya, no. Tendré que ir a otra tienda.

Recuerdo estar escribiendo con doce o trece años mi primera novela, en mi cama, a oscuras —mi hermana pretendía dormir o, simplemente, no me apetecía levantarme a encender la luz—, con el taco-bolígrafo —tinta roja— de un billar americano de juguete que mi prima había instalado en la casa de las Barbies. Si has escrito a oscuras con un palo de billar de juguete eres capaz de hacerlo en cualquier circunstancia.

«Lo que me pasa contigo es que nunca sé si estás hablando en serio o en broma.» Este eterno sentirme Andy Kaufman.

He soñado que me compraba una BlackBerry que llevaba una calculadora LCD integrada. Ahí lo llevas, Freud.

«El que la sigue, la consigue.» Alguien acuñó esta máxima en tiempos inmemorables y todavía pervive en el acervo popular. Supongo que algo hay de verdad en ella. ¿El que la sigue la consigue? No en esta vida. Estoy de acuerdo en mostrarle interés a la mujer que, efectivamente, te interesa. Pero una vez expuesto dicho interés, considero que tu papel ha terminado.

No creo que se trate de convencer a nadie de tus virtudes. ¿Tengo cara de testigo de Jehová? Entiendo la seducción como un anuncio de Apple. Es decir: éste es el iPhone, tiene estas características, estamos orgullosos de él y pensamos que te puede gustar. Y ya está. Si no te gusta, cómprate un Samsung. No vamos a ir a tu casa a darte la tabarra para que te compres nuestro iPhone. No somos vendedores de enciclopedias: somos Apple.

Yo nunca insisto porque convencer a alguien consiste en hacerle creer que se va a llevar algo mejor de lo que en realidad le estás ofreciendo. La victoria pírrica que te otorga la persuasión no me motiva en absoluto. Soy el mejor. Los dos lo sabemos. Respeto tu decisión. Relájate y disfruta.

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