¿Cómo es que no tienes novia?

—¿Cómo es que no tienes novia? —Me estoy atando el zapato cuando mi amiga S me lanza la pregunta—. Eres bastante soportable.

—Gracias —le digo, mientras mi cerebro intenta componer una respuesta—. Pues…, bueno, no sé. A veces tengo novia, a veces no. Como todo el mundo.

Me doy cuenta de que no sé muy bien cómo responder a su pregunta.

—Me cuesta encontrar a alguien que me guste de verdad. La mayoría de tías que conozco están atontadas; son unas niñatas. Ni siquiera es posible mantener una conversación seria con ellas. No saben de qué les estás hablando. A los que somos algo selectivos nos cuesta más. La gente normal lo tiene más fácil porque a la gente común le gusta la gente común.

Cuando he tenido novia, he ido con todo. Me lo he tomado absolutamente en serio. Las quise de verdad. Les concedí el título de miembro de mi familia. Por esa razón dolió tanto después: cuando dejaron de quererme fue como si perdiera a un familiar.

El otro día leí un artículo que hablaba de la naturaleza fugaz de las relaciones amorosas en la actualidad. De su falta de hondura, de su carácter perecedero; de la débil implicación de sus participantes.

Relájate y contempla el efecto mariposa: en un extremo de la ciudad, en una cafetería, un domingo por la mañana, de empalme de sábado noche, un tío de treinta y cinco años lleva unos vaqueros negros caídos y usa la expresión: «[…] una cámara de no sé cuántos megapíxeles y su puta madre». En el otro extremo de la ciudad, una pareja se rompe porque él se ha vuelto un aburrido y ya no salen tanto como antes.

Idioteces. Infantilismos.

Hay dos fuerzas mayores: el miedo y el amor. El poliamor, el cancaneo, son consecuencias de la primera.

Defensa o ataque.

Hay entrenadores que juegan al ataque. Sin miedo. Van a por la victoria desde el primer momento. Arriesgan. Se la juegan. Se manchan. Se exponen. Todo o nada.

Otros entrenadores ponen el autobús. Se hacen caquita en los pantalones ante la idea de la derrota. Se encierran en su área y buscan, en jugadas esporádicas, el contraataque.

Consejeros de la bolsa te repiten que no hay que meter todos los huevos en la misma cesta. De este modo —dicen—, si algunas de tus acciones bajan, otras subirán y compensarán las pérdidas. En definitiva: te quedarás como estás. Jugar a no perder. Si metes todos los huevos en la misma cesta y tus acciones suben, la victoria será total. Jugar a ganar.

Quise a mis novias desde el primer día al último. Sus marchas me dejaron devastado. Naturalmente. Es lo que ocurre cuando quieres de verdad. Cuando te juegas el tipo.

«Fue en un arrebato de exaltación mística cuando dos años atrás, estando en una barca en medio del río, me despojé de la camisa y me zambullí en unas aguas oscuras, densas y fangosas, pues era la época del monzón. A mi lado flotaba el cadáver, hinchado y semiabierto, de un búfalo, y un poco más allá flotaban restos mortuorios; pero en el arrobamiento incluso hice buches con esas aguas tan impuras y a la vez tan purificadoras, ante la cariñosa regañina primero de mis barqueros y después de Baba Sibananda. Pero la madre Ganga dejó incólumes mis intestinos y las bacterias no pudieron con mi sistema inmunitario fortalecido por ese rapto inesperado de misticismo, por esa explosión de espontáneo fervor.» (La otra India, Ramiro Calle.)

«Por cierto, me gustó mucho tu casa. Es bastante acogedora», me escribe S. «Es un "desastre" bonito […] Era un salón entretenido. Me pasé todo el rato mirando la zona de libros y películas y cada vez descubría algo nuevo. Pero lo mejor fueron los patitos.»

Leo un artículo de la BBC sobre los veteranos de guerra estadounidenses que vuelven a Vietnam décadas después de la guerra y encuentran allí una suerte de redención, de serenidad.

«As long as you don't return, you will remember Vietnam as the country of the war.»

Está hablando de la guerra de Vietnam. Pero podría estar hablando de las ex novias.

—Mis amigos se han hecho seguidores tuyos —me dice A—. Dices cosas que me gustaría decir a mí. Pero yo no me atrevo.

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