Cómo abrir un tarro de hummus

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La consanguinidad no es una característica genealógica sino espiritual.

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Llevaba siete u ocho años con el clavijero de la Silent Guitar roto, teniendo que recurrir a unos alicates cada vez que la quería afinar, y la otra tarde, por fin, me decidí.

Busqué un local en el que arreglasen guitarras y acabé en lo más profundo de Malasaña, trabando amistad con una luthier surcoreana.

Me mostró su bonito taller y yo le relaté mis caminatas por Seúl —ciudad en la que vive su familia—, bordeando el río Han en busca de la isla fluvial que aparece en mi película favorita, la cual —sorprendentemente— no había visto porque la carátula era demasiado rara (sic).

En poco más de un mes se cumplirá un año desde aquella mañana de finales de octubre en que me colgué a la espalda mi querida mochila negra de veintiocho litros y me embarqué en el Airbus de Iberia rumbo a Japón y Corea del Sur.

Aquel viaje en solitario —Dios santo, ¿ya va a hacer un año?— fue uno de los mejores viajes que hecho nunca, y la decisión de llevarlo a cabo, una de las decisiones de las que más orgulloso me siento.

Este fue el jepeto que se me quedó la primera vez que vi el monte Fuji, desde la planta vigésimo quinta del Bunkyo Civic Center.

Cierro los ojos y me transporto a aquel observatorio de la planta sexta del Fuji View Hotel desde el que contemplé el Fuji en toda su inmensidad.

(Está sonando Fujiyama, de Dave Brubeck Quartet.)

Yo sólo quiero ser feliz.

Mi amigo N, actor, al que conocí en el mítico Club Bukowski, me invitó el otro día a su fiesta de cumpleaños. Estuve dudando si asistir o no hasta el último momento; no por mi amigo, al cual, por supuesto, aprecio, sino porque intuí —con buen tino— que a la fiesta acudirían fundamentalmente actores, y dicho gremio me resulta, por lo general, superficial y fatuo. Paz.

Por fortuna no fue el caso de los invitados, quedando así patente el buen criterio del cumpleañero.

La reunión se celebraba en un amplio y estupendo piso ubicado junto a la Plaza Mayor, y era propiedad de F, entrenador personal de pilates de mi amigo N.

En un apartado del salón estaban dispuestos distintos aparatos para ejercitarse. Dos gatos —uno de ellos bastante gordo— pululaban alegremente entre nosotros.

Nadie era capaz de abrir el envase de hummus, así que impartí una master class para veinte personas sobre cómo se abre un tarro de cristal envasado al vacío sin más ayuda que la de tus propias manos.

(El sonido de un trueno.)

En la fiesta me encontré con N2, actor al que había conocido años atrás en en Teatro Alfil cuando asistí a la obra Debate Combate, y también con A, actriz que interviene en Cuéntame, y a la que había conocido en otro tiempo y en otra fiesta.

Departí un rato con A mientras degustábamos una sabrosísima tarta de queso vegana, y me recomendó el restaurante —también vegano— Landareak, sito en Malasaña, al que espero acudir en un futuro próximo.

Según me dijo más tarde V, que me acompañó a tan magno evento, había más actores allí reunidos. Pero yo no tengo ni idea de actores y tengo mala memoria para los nombres, de modo que, francamente, no sé a quién conocí.

La consanguinidad no es una característica genealógica sino espiritual.

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