Apuntes sobre Grecia

No hilopites. Escribo esto en el teléfono, a treinta y ocho mil pies de altura. De vuelta a Madrid tras pasar cuatro días en Grecia.

En Atenas los semáforos no conocen el verde intermitente. En lugar de parpadear, se ponen rápida y súbitamente en rojo. Nunca da tiempo a cruzar. Interpreto que la prontitud con que acontece el cambio no persigue que se cruce el paso de cebra a velocidad supersónica, sino que el flujo de peatones se interrumpa lo antes posible.

Aunque más azul, el cielo ateniense recuerda a los cielos asiáticos: líneas negras de cables seccionándolo en todas las direcciones. En este caso no se trata de cables enmarañados que llevan la corriente a los edificios, sino de cables por los que se deslizan las pértigas de los trolebuses que transitan por la ciudad.

No hilopites. Se habla de España como el summum de la hostelería, pero lo cierto es que, en lo que a terrazas se refiere, Atenas revuelca a Madrid. Mientras que en la capital del reino tienes que llamar con una semana de antelación para que no te sorprendan con el proverbial y fatídico ¿Tienen reserva?, en Atenas simplemente ocupas uno de los múltiples asientos libres que hay entre las decenas de sillas con las que cuentan los centenares de terrazas que iluminan con su algarabía las calles más conocidas y los pasajes más recónditos.

El ascensor del hotel conduce directamente a nuestra suite. Giras la llave en la pequeña cerradura del panel de botones, pulsas el número uno y, cuando abres la puerta de nuevo, ya estás dentro de la habitación.

Ensalada griega, pimiento relleno de arroz, salsa de yogur… Pero no hilopites.

La Acrópolis, obviamente. Al principio, en las escaleras, tal como cabe suponer, muchos, muchos turistas. Un poco más tarde, en la meseta, sólo muchos turistas. Fotos, posados, fotos y más fotos. Al fondo, el mar.

Las mejores vistas de Atenas, desde el rooftop del hotel que se erige a las faldas del monte Licabeto. Agua y agua con gas.

Visitamos todos los barrios que aparentemente es preceptivo visitar. También nos subimos a un ferry que nos conduce a la próxima isla de Egina, donde pasamos el día. Nos bañamos en sus cristalinas aguas. Bienaventurados los que aún no leyeron Papillon y gozan del privilegio de leerla por primera vez. Le pido a María que elija una piedra para mi colección. Baklavas y otros dulces de pistacho. Callejuelas con motos que pasan cada cinco segundos. Una capilla blanca. Fotos en las que salimos bien.

No hilopites, pero tampoco museos. El arte no me emociona. Fría, racional, analíticamente, puedo disfrutar de un cuadro —de El asesino de Munch, por ejemplo—. Pero nunca experimento algo parecido a la conmoción. En cuanto a museos relacionados con el patrimonio histórico, bastará decir que la Historia, sencillamente, no me interesa. Me sorprende que a tanta gente le preocupe más el pasado que el presente o que el futuro. La idea de visitar museos cuando viajo se me antoja una suerte de antiviaje. Como ordenarse monje cartujo en Bora Bora o como cuando Bolaño iba al cine y se ponía a leer un libro en mitad de la película.

Los hilopites —tallarines, después de todo, cortados a veces en pequeños cuadrados— que había probado con deleite en un restaurante griego de Madrid, llegan por sorpresa a mi casa cuando ya hemos regresado. Me los manda María por Glovo y cierran magistralmente el círculo del viaje.

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