Ahora que ya tengo guayabera

Todo autor debe hacerse esta pregunta cada cierto tiempo: ¿Qué porcentaje de mi vida estoy sacrificando por mi obra? Y hacer los ajustes pertinentes.

No conozco a ningún gran escritor que no haya vestido guayabera.

Le había pedido a mi amiga I que me trajera una de Cuba, cuando viajase de nuevo a su tierra. I me dijo que lo haría.

La otra noche me escribió para decirme que me pasara por su librería, que tenía una cosa para mí. Pensaba que se trataba de algún libro de Agatha Christie de la colección de Orbis del 87 que estoy haciendo. Pero eran tres guayaberas que le había mandado su madre por correo para mí.

Ahora que ya tengo guayabera sé que nada ni nadie en este mundo me podrá detener.

«Quidquid latine dictum sit, altum videtur», ya se ha dicho. Y quien diga lo contrario, miente.

Me escribe A y me manda una foto con un huevo. Está emocionada porque su pata ha puesto su primer huevo.

—Es imposible no querer a un pato —le digo.

Con I sucede lo mismo.

Una vez leí que la mejor forma de educar a los delfines era con refuerzos positivos. Aprenden mucho más rápido que con los negativos. Una vez vi delfines rosas en Tailandia. Alguna vez espero ver los delfines Irawadi del Mekong.

Mis compañeros de trabajo se sorprenden de que vaya a comer solo; de que me guste comer solo. Pero comer solo te deja tiempo para pensar. Es tan importante pensar. «Somos personas que pensamos mucho», dijo P.

Ligar es fácil con los oídos tapados.

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