A veces, bocazas

El Genio con su tío favorito

Estoy en el Centro Superior Katarina Gurska y un arrapiezo acaba de darnos una paliza con una trompeta. Yo no sé cuánto tiempo ha estado el gachón sacando ruidos estridentes del metal, pero a mí me ha dado la sensación de que la vida eterna existe y ha surgido en Chamberí.

No sé a ti, campeón. Pero a mí me encanta el apelativo «campeón» cuando se emplea con tono peyorativo.

Mi amiga S me ha enumerado los cambios que el rapero le ha hecho a mi letra y resulta que no son para tanto: Ha modificado un verso cuyo significado era impreciso y que a mí, con las prisas, se me pasó corregir; ha cambiado un adjetivo por otro de semántica parecida en busca de una pronunciación más sencilla; ha quitado una estrofa porque, a su juicio, los millennials no saben quién diantres es el fulano al que hace referencia; y ha añadido otra de cosecha propia —que no desentona demasiado— para compensar la estrofa eliminada.

Al parecer, pues, el escenario apocalíptico que me había anticipado mi amiga no es tal, lo cual supone un alivio y me hace recuperar parte de la alegría perdida.

En mil novecientos treinta y nueve, una lujosa tienda de la Quinta Avenida contrató a Salvador Dalí para que decorase sus escaparates. El artista compuso dos escenas surrealistas con maniquíes, copas, moscas, teléfonos con forma de langosta y una bañera peluda [Leer artículo].

Pero al día siguiente, Dalí comprobó horrorizado que habían alterado toda su composición. Sin pensárselo, entró en los escaparates y comenzó a destrozar su obra, con tan mala —o buena— fortuna que al volcar la bañera, ésta golpeó el cristal del escaparate y lo rompió.

Tras el incidente, siguiendo el consejo de su abogado, se presenció en el juzgado para reconocer los hechos. Y el juez, si bien dictaminó que debía pagar el cristal, admitió, comprensivo, que «todo artista tiene el derecho de defender la integridad de su obra hasta las últimas consecuencias».

Yo no iba a sabotear el rap porque lo que mi amiga me pidió fue que la ayudara con la letra. Otra cosa es que yo me excediera en la ayuda y le entregase el rap ya terminado. Pero la idea primigenia era la de entregarle una materia prima sobre la que ella pudiera trabajar.

Según Dalí, la única diferencia entre un loco y él era que él no estaba loco. Según Rafael, la única diferencia entre Dalí y yo es que yo no soy Dalí. Aunque los dos hayamos salido con una mujer llamada Gala —si no has salido con una mujer llamada Gala, no puedes ser un genio, bla, bla, bla—.

Habría sido un detalle, eso sí, que el rapero me consultara —o, al menos, me comentara— los cambios que le iba a hacer a mi letra. Y reconozco que me cabreé cuando mi amiga me hizo creer que las modificaciones iban a ser más aparatosas. Pero lo cierto, no obstante, es que el calentón se me pasó enseguida.

Pensábamos que Pep era como una máquina, completamente frío. ¿Quién iba a saber que era tan emocional? Es genial comprobar que tiene corazón.

Pep: La metamorfosis, Martí Perarnau

«Tienes horchata en las venas.» (Mis compañeros del equipo de fútbol sala.)

«Escribes como un poeta, pero quieres como un periodista.» (Una mini ex.)

En la novela que estoy escribiendo, un personaje le dice a otro: «La diferencia entre un bocazas y un chulo es que el bocazas está todo el tiempo hablando y el chulo sólo habla en el momento oportuno». Tradicionalmente he pecado de lo segundo, y no quisiera pecar también de lo primero. En el artículo anterior, al referirme a las modificaciones efectuadas a mi letra, me dejé llevar por la exaltación y hablé más de lo que debería. Hubiese sido más atinado esperar hasta comprobar el texto resultante. Suelo morigerarme, pero en este caso me pudo la emoción.

Prefiero hablar más de la cuenta que callar más de la cuenta. En eso consiste la honestidad, ¿no crees, mi estimado kōhai? En ser transparente. En decir lo que piensas y lo que sientes. Sin embargo —o acaso por ello—, así como no tuve reparos entonces en decir lo que sentía, tampoco los tengo ahora en reconocer que me precipité y que además usé un tono excesivamente hostil. Por ello, presento aquí mis disculpas a Manta Slow, aunque él ni siquiera sea consciente ni vaya a serlo de la existencia del mencionado artículo. Lo hago por él, pero también lo hago por mí.

(Golpe de gong.)

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