A la memoria de María Hawaii

Me pides que te escriba, no un poema,
sino todo un poemario.
Hasta me dictas la dedicatoria:
A la memoria de María Hawaii.
Protesto porque soy de los que piensan
—envenenado tal vez
por todo lo que he leído
sobre productividad—
que hablar de hacer es no hacer.
Que beso escrito es beso que no he dado.
Que no es que el sentimiento no me inunde
—este in dubio pro reo no hace falta—,
sino que, a veces, la literatura
resuelve una tensión insoportable
que quizás no convenga resolver
—existen otros medios para ello.
Déjame que te explique qué otros medios—.
Pero tú no me dejas. Es un drama.
Tu novio es un poeta y no hay derecho.
La luna que tú quieres no es la luna,
sino aquélla que palpita en
un poema.
Quieres llamas saliendo de las páginas;
hipérboles granizando;
virgulillas fulgiendo como rayos.
Es tan grande el poder de la palabra
que entiendo que la vida no te baste
—qué me vas a contar a mí, que escribo—.
Por eso te gusta tanto
cuando estamos hablando y yo te suelto:
Voy a coleccionarte por fascículos
con perversa avidez de literópata.

Y es verdad que no escribo ya poemas.
Que me he retirado a una novela
donde cobro un subsidio por solemne.
Pero tanto me inspira tu existencia
que has logrado que vuelva y te lo diga.