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El Gran Tatami no era tan espectacular como su nombre invitaba a suponer. Ni mucho menos. Se trataba de un discreto edificio pintado de un rosa tenue y decadente incrustado entre una librería y un sex shop. Unas letras talladas en madera flanqueadas por caracteres chinos identificaban el local. La fachada no tenía ventanas. Ni siquiera las puertas eran de cristal. Si fuera una tapadera sería tan obvio que no pasaría desapercibida. Después de la visita iba a tener que preguntar en la recepción si existía algún grupo en el que trataran la claustrofobia. La recepcionista era una rubia que lo había puesto todo de su parte para estar buena y aun así no lo había conseguido. Me miró con desdén y se concedió unos injustificados minutos para dejarme claro lo poco que le importaba mi presencia. Vengo a risoterapia. Ella: Dime tu nombre. Le dije mi nombre y le faltó tiempo para espetarme: Pues en la lista no estás. Por fortuna, Abelardo-cabecear-ladrillos estaba pendiente de mi llegada. Se encargó de mediar entre nosotros. El ambiente de la sala era mejor que el de la recepción. No sólo porque tenía dos ventanas que daban a un patio interior; también porque había sido decorada con razonable gusto. El suelo estaba acolchado, lo que me generó la impresión de que la habitación se destinaba a múltiples usos: taekwondo, kung-fu, kárate; capoeira. Lo que fuera. Las paredes exhibían un azul pastel con el que parecía sencillo relajarse. Sólo un cartel con tres monstruosos culturistas anunciando esteroides impedía que el sosiego fuera total. Sus cuerpos bronceados eran a cual más deforme. Sus caras eran muecas de satisfacción y locura. Llegó el momento de la presentación. Nos habíamos reunido alrededor de Abelardo-cabecear-ladrillos. Con su alegría habitual anunció que, como ya habrían comprobado, tenían un nuevo compañero. Sonreí y alcé un poco la mano a modo de saludo. Se llama Federico. Por lo visto, no se refería a mí. Alto, delgado, barba de un mes, piel blanca, ropa negra, uñas largas pintadas de negro, pelo largo recogido en una coleta, crucifijo colgando del cuello. No dijo nada. Ni siquiera dio un paso al frente. Deduje que era él porque todo el mundo lo observaba. Nadie reparó en mi presencia. A pesar de que era obvio que no había compartido ninguna sesión con ellos, nadie mostró el menor interés por mí. Tuvo que ser Abelardo-cabecear-ladrillos quien, como un dios omnipotente, me otorgara la facultad de ser perceptible por los otros. Ah, disculpad. ¡Qué cabeza! Federico no es nuestro único debutante esta noche. Cuando vi que Federico-cortar-uñas afrontaba su presentación en sociedad sin alterar un sólo músculo, supe que acababa de conocer a alguien diferente. Apoyado tal vez en el hecho de que, sin pretenderlo, formábamos ya un grupo —los dos nuevos—, tuve también la certeza de que pronto nos haríamos amigos.

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