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El martes, día en que habría de torcerse mi suerte, me conecté a Internet y busqué en la página web del gimnasio qué era aquello de la risoterapia. No hubo sorpresa; se confirmó lo evidente: personas que se reunían en una sala para hacer todas las payasadas que eran incapaces de hacer en su vida cotidiana. En un momento dado a alguien se le aflojaba la espita de la risa y la habitación se inundaba de carcajadas que se contagiaban de unos a otros del mismo modo que en otras áreas del gimnasio se contagian la varicela o el pie de atleta. El hecho de que Abelardo-cabecear-ladrillos me hubiera recomendado aquella experiencia sólo podía entenderse bajo dos premisas: cobraba un variable por cliente convencido o me veía necesitado de ese tipo de emociones. La primera premisa era comprensible y la segunda era preocupante. Puede que se cumplieran ambas. Es posible que no transmitiera demasiada felicidad al mundo. No era de extrañar: aquel sábado era el primer día que salía de casa en cuatro semanas. Había fingido una migraña y conseguido una baja médica que disfruté solo en casa durante todo diciembre. Todavía no estaba preparado para un contacto tan intenso con la humanidad. Lo que una persona se merece no se negocia. Se coge y ya está. Las vacaciones no son una excepción. Más aún: las únicas vacaciones que pueden considerarse tales son las que se disfrutan. Y sólo se disfrutan las que se conquistan. ¿Qué sentido tiene que cada año, lo merezcamos o no, nos den carta blanca en el colegio para que desaparezcamos durante tres meses y, en cambio, no me permitan faltar el mes de diciembre como justa recompensa por haber conseguido que mi mejor amigo se ligue a su actual pareja? Ya sé que al director del colegio y a mis colegas profesores les importan bien poco mis hitos personales. Pero si haces algo bien, sea lo que sea, tienes que premiarte de algún modo. Un mes me pareció lo justo. Entré en el centro médico agarrándome la cabeza con las dos manos. La doctora firmó la baja con ojos compasivos. Hace tiempo leí que un corredor de largas distancias se motivaba dividiendo la carrera en pequeños tramos de quince minutos y premiándose con un sorbo de agua o un poco de comida cada vez que completaba uno de esos tramos. Si todos hiciéramos propia la filosofía de la retribución, el mundo sería mucho menos agresivo. El solo hecho de escuchar gracias constituye una recompensa para el que actúa bien. Son las recompensas las que refuerzan las buenas acciones. Por eso, si sientes que te mereces unas vacaciones, no lo dudes ni un segundo: tómatelas.

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