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Si la educación fuera un derecho, el Gobierno podría obligarte a ser profesor. La cabeza me da vueltas. Antes. Eh… estoy en un… cumpleaños. El cumpleaños de un amigo. La cosa se está alargando. Antes, mucho antes. Lo del tío ése que estuviste a punto de matar, ¿no? Antes… Muchas denominaciones para señalar lo mismo: Ley del karma, matemática del caos, fatum stoicum —Crisipo: el cono y el cilindro—, el demonio de Laplace… El dominó de la vida es tan complejo como inevitable. Pero, ¿por dónde empezar? Por el negro, quizás. El negro: si le hubiera dado una moneda entonces, no estaría a punto de morir ahora. No detenerme en aquel momento me lleva a estar ahora atrapado en el fondo de un pozo. Razonamiento delirante si se quiere, pero no falaz. Al final todo se reduce a una cadena de sucesos que te lleva a estar en el momento preciso en el lugar equivocado. Mi mente rebobina la película en busca del principio, y se detiene en el instante en que salgo del centro comercial cargado con cuatro bolsas y aquel negro espigado me sujeta la puerta. Víspera de Reyes. Vestía pantalón de camuflaje y sudadera roja, con capucha. Dijo algo sobre la Navidad. Una frase que sonaba a felices fiestas o a feliz año nuevo. Algo así. ¿O acaso se trataba de una maldición? Vistos los acontecimientos con perspectiva seguro que no le faltarían afectos a esta teoría. El negro me abrió la puerta y me felicitó la Navidad. Pero estaba lloviendo, hacía frío, no tenía paraguas, portaba dos bolsas en cada mano, llevaba la cartera en algún bolsillo del abrigo y estaba convencido de que tarde o temprano cualquier viandante menos ocupado que yo le daría una limosna. Así que me contenté con corresponder su sonrisa y darle las gracias. Unos segundos más tarde, boqueando en el océano de cuerpos que braceaban desesperados en busca de una corbata o un perfume, me encontré con Abelardo-cabecear-ladrillos. Poco pelo, gafas de culo de vaso. Siempre con chándal. Salía de una tienda de deportes cuando me topé con él. Un segundo antes o un segundo después me habría podido evitar. Fue su primera intención. Si lo hubiera hecho, todo habría sucedido de otra manera. Pero la maniobra resultaba demasiado descarada. A Abelardo-cabecear-ladrillos lo conocí en la academia en la que preparé —sin éxito— las oposiciones. Se retiró poco antes del primer examen. Prefería ejercer como maestro de taekwondo a pasarse la vida impartiendo clases de matemáticas a adolescentes. Le pregunté si seguía en el mismo gimnasio. Me acabo de cambiar después de quince años. Ahora estoy en el Gran Tatami. Iba a comentarle que conocía el centro de oídas, pero su entusiasmo no me lo permitió. Tenemos al actual campeón nacional de kung-fu. Un surcoreano que no llega al metro sesenta. ¡Rapidísimo! Yo: Tú fuiste campeón nacional de taekwondo. Se ruborizó. Bueno…, fui campeón junior. Además, el año que yo gané no había demasiado nivel. El único verdaderamente bueno estaba lesionado y no participó. Federico-cortar-uñas habría dicho que jamás llegaría a ningún sitio con esa estúpida modestia. Y yo le daría la razón. Con un poco más de amor propio habría llegado más lejos en su carrera deportiva y no tendría que contentarse con dar clases a niños con granos y hacer exhibiciones para jubilados. Ya era tarde. Por cierto, tienes que venirte un día a risoterapia. Yo: ¿Risoterapia? Si no era la palabra más ridícula que había escuchado, poco le faltaba. En serio. Apúntate. Ahora mismo tengo en la lista a once personas. Falta una para cerrar el grupo. Vente. Apúntate y el martes nos vemos allí.

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