24 postales de Costa Rica (y 2)

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Tomamos un Uber a la cascada de La Fortuna. La cascada, algo mejor de lo que creía. Quinientos escalones de bajada y quinientos de subida. Según nos acercamos al agua, veo decenas de seres humanos remojándose. Ya están ahí Los Marranitos. Me viene a la cabeza esa expresión, con la que mi padre, cuando éramos pequeños, se refería a unos niños a los que veíamos por la ventana bañarse en una acequia.

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Comemos en la soda de Las Hormigas. Aquí llaman soda a lo que en Japón llamarían izakaya. La comida, correcta y barata. No tienen licencia para servir alcohol.

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En el pueblo de La Fortuna, entramos en un supermercado y consigo encontrar granadillas, una de mis frutas favoritas. Era uno de mis propósitos para este viaje. Pasamos una hora y media en un parque. Hablamos con una mujer nicaragüense que tiene tres hijos.

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No es fácil ser sapo en Costa Rica.

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Cruzamos el lago Arenal en barca. En la orilla de enfrente nos espera una furgoneta que, por caminos tortuosos e irregulares, nos lleva a Monteverde.

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El hotel de Monteverde está constituido, como el de Arenal, por una serie de cabañas repartidas a lo largo del camino. Pero, a diferencia de aquél, aquí las distancias entre los distintos puntos de interés del complejo no son caminables: son amplias y llenas de cuestas empinadas.

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Bajamos al pueblo de Santa Elena. Nos tomamos sendos cafés y un rollo de canela de grandes proporciones en el Monteverde Café, un local acogedor, elegante, luminoso, en el que predominan los clientes extranjeros.

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Por la noche contemplamos a través del ventanal de la habitación un asombroso espectáculo de brumas que ascienden entre los árboles. Posteriormente el cielo se despeja y podemos admirar los cientos de estrellas que éste nos ofrece.

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Enciendo la linterna del móvil junto al cristal y veo una araña amarillo claro. Los mosquitos se acercan a la luz. La araña, con un velocísimo movimiento de pata, atrapa uno y se lo come delante de mí. Un documental en vivo y en directo.

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Por la mañana recorremos los puentes colgantes de Selvatura Park, a unos pocos kilómetros de nuestro alojamiento. En total hay ocho. Son metálicos, se hallan a una distancia de entre quince y cuarenta metros del suelo, y oscilan levemente cuando sopla el viento y/o cuando la gente los atraviesa. No da miedo caminar sobre ellos.

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Papeo en The Open Kitchen, en Santa Elena. Bonito sitio y buena comida. Deliciosos patacones.

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Ya en San José. Momento de la verdad: he de presentar el resultado negativo de un test de antígenos para poder volver a España. La prueba ha de efectuarse veinticuatro horas o menos antes de embarcar. Tras comunicarme con la agencia, ésta me facilita un laboratorio. Elijo una ubicación muy próxima al aeropuerto. Si doy positivo tendré que quedarme confinado en Costa Rica sabe Dios cuántos días, negociar con los del seguro, adquirir otro billete de avión… Puede ser una tortura. Quince o veinte minutos de incertidumbre mientras espero al autobús que me conducirá al aeropuerto. Negativo. Respiro aliviado. De pronto se ha vuelto todo más alegre. En el sueño que tuve anoche también daba negativo.

2022-05-11

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