NO TODOS LOS CUERPOS SON BONITOS

He quedado con H para pesarnos en la farmacia. Con H tiendo a hacer planes un tanto sui géneris. No es algo buscado; surge de manera natural.

Mi índice de masa corporal es 21'21, lo que significa que estoy entre normal, que va de 19 a 25, e ideal, que sería 22.

Tengo que ir a Palawan. A Pesar de los turistas, supongo.

Soy un diletante. Como no puedo hacer una sola cosa, tendré que seguir dispersándome. Mi modelo —o un modelo aproximado— podría ser James Altutcher. A mí me interesa Rubén Darío, pero también la bolsa y Python. Me gusta escribir textos autobiográficos como éste, pero también novelas y poemas. Mi camino no puede ser otro más que el del eclecticismo.

Escribir una hora al día todas las mañanas. Trescientas palabras al día, más de cien mil palabras al año. Un libro gordo o dos medianos o tres pequeños o cualquier combinación similar. De esta manera puedo dedicar las tardes a socializar, hacer deporte o leer, y sólo de vez en cuando —me lo impondré para no caer en el aislamiento— escribir durante otra sesión. De esta forma me obligo a hacer cosas que no son escribir pero que son asimismo enriquecedoras.

If I had 30 minutes to an hour, I would sneak up to the old law library, hide behind the law books and write A Time to Kill.

John Grisham

No todos los cuerpos son bonitos.

Estoy seguro de que si yo expresase esta idea, no faltarían quienes me interpelasen llamándome provocador. ¿Que vivimos en la dictadura de la corrección política? Abuelo, no sea usted antiguo. Esa época ya es celulosa apolillada propia de hemeroteca. Hemos ido un paso más allá. Antes, quien manifestaba un pensamiento no alineado con el del grueso de la población, era insultado, perseguido, boicoteado, cuando no agredido. Ahora es suficiente con que alguien exponga la obviedad más palmaria —el agua moja, «ti» nunca lleva tilde, la opinión de un actor no es relevante, no todos los cuerpos son bonitos— para que te tomen por un camorrista o te degraden, con cierta compasión, a la categoría de loco.

En el campo de la inteligencia artificial se propone un experimento conocido como La Habitación China: una habitación con una ranura de entrada por la que se introducen preguntas en chino y otra ranura de salida por la que se emiten las respuestas correspondientes, también en chino. Dentro de la habitación podría haber un ordenador ejecutando un programa, o podría haber una persona que dispusiese de diccionarios e instrucciones precisas e inequívocas que le permitieran contestar con acierto a las preguntas recibidas. Ni el ordenador ni la persona entienden el chino. Pero para un observador externo, las respuestas obtenidas serán indistinguibles de las que ofrecería una persona que sí comprendiese el idioma asiático.

La selección natural opera bajo la misma lógica impenetrable de la Habitación China: si observamos sus resultados, no podemos distinguirlos de los que obtendría un diseñador inteligente. La selección natural, puede concluirse, es inteligente, en tanto que cada vez produce individuos más adaptados a su entorno.

Pero, ¿qué podríamos decir sobre la industria editorial? Un observador externo podría concluir que no es inteligente, puesto que no sobreviven los mejores. Como cabe esperar, han sobrevivido los que más venden. Siempre ha sido así, pero es más desolador en estos tiempos de banalización del héroe, en los que cuanto más terrenal es éste, cuanto más se aproxima a la mediocridad galopante que nos asola, mayor es la admiración que despierta en sus incondicionales.

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