VOLVER A JAPÓN

Volver a Japón

Mi padre dice que para qué voy a Japón si ya he estado.

Bastaría explicar que una experiencia, cuando es positiva, justifica por si sola el deseo de repetirla. «¿Para qué vas al cine, si ya fuiste hace dos años?» «¿Para qué te comes una tarta de zanahoria, si ya la has probado?» «¿Para qué ves otra vez un Madrid-Barcelona?»

Sería suficiente, como digo, con responder la pregunta de mi padre con un parco: «Vuelvo a Japón porque cuando estuve me gustó». Pero esa respuesta, aunque sincera, estaría incompleta.

Regreso a Japón porque cuando estuve me gustó, sí; pero también porque no me quedé satisfecho. Si nunca vuelvo a Roma no pasaría nada. Por supuesto que los cuatro o cinco días que he estado allí en las dos ocasiones en que la he visitado no son suficientes como para considerar que conozco la ciudad. Pero la inmensa parte que no he visitado no me hace tener la sensación de que no la conozco. Y eso sí me sucede con Japón. No es sólo que Japón es un país y Roma una ciudad y que, por tanto, es lógico que me queden más lugares emblemáticos que visitar. Es algo más. Es el monte Fuji. Son los monos sabios del santuario Toshogu, en Nikko. Es la Tokyo Tower. He estado en Japón y no he visto ninguno de los tres, cada uno por una razón. ¿Cómo pude permitirlo? Para colmo, fui a la lonja de pescado de Tsukiji, y no se me ocurrió otra cosa que ir en domingo; el único día que cierra.

Vuelvo a Japón. Vuelvo solo.

De modo que el Pabellón de Oro se me aparecía en todas partes.

El pabellón de oro, Yukio Mishima

Por qué vuelves a Japón, me pregunto ahora yo. Vuelvo porque es la única manera que conozco de dejar de pensar en volver.

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