LA PLUMA Y EL TECLADO

La pluma y el teclado

Compro Arrozales sangrientos de saldo. Tenía este libro apuntado en mi lista de deseos desde hacía tiempo.

Se puede elegir lo que se hace, pero no lo que se quiere.

Arthur Schopenhauer

Le escribo un correo a Roger Wolfe animándolo a que le redacte un panegírico a la BlackBerry. A fin de cuentas, él siempre ha elogiado el dispositivo con un fervor rayano en el paroxismo.

Mi relación con la BlackBerry —la baya, como la llama él— es ambigua. Por un lado estoy de acuerdo en que es un dispositivo sobrio, elegante, práctico y diría que espartano. Y comparto asimismo las bondades de su teclado físico. Sin embargo, y dejando de lado los problemas que tuve en su día para hacer frente a sus carencias a la hora de funcionar con Pepephone, considero que su teclado es, de facto, un talón de Aquiles en lo que se refiere a versatilidad.

El teclado tal y como lo conocemos adquiere su razón de ser cuando lo usamos con los cinco dedos de cada mano. En la velocidad que así se adquiere reside su porqué. Ahora bien: ¿tiene sentido esta forma de introducir caracteres cuando vas a proceder con un dedo o, a lo sumo, con dos? ¿No se escribe acaso más deprisa si nos valemos de las bondades de las teclas deslizantes, del teclado predictivo o de otras variantes igualmente ingeniosas que se alejan del antediluviano Qwerty? ¿Y qué ocurre si quieres escribir en japonés, chino o tailandés?

Entiendo a los fanáticos del teclado de la BlackBerry porque ellos conciben la escritura desde la nostalgia de la máquina de escribir. Yo, en cambio, y a pesar de llevar escribiendo con el teclado del ordenador desde los cinco o seis años, afronto la escritura a partir del trazo manual. Por eso, aunque me gusta el teclado de la BlackBerry, me decanto por una concepción más parecida a la de Mario Bellatin, escritor mexicano manco, quien redacta sus textos repicando con un stylus —estilete de plástico— en un iPhone como si de una tabulae —tablilla de cera romana— se tratase.

La mediocrización del ídolo propia de estos tiempos coloca a los mindundis sobre los más elevados pedestales. Paz.

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