Los tangerinos hacen Forex (2)

Matisse no levantaba la tapa del váter. Lo sé porque estoy alojado en el Grand Hotel Villa de France, donde el pintor francés pergeñó su obra Vista de una ventana y no hay manera de que la tapa se mantenga levantada.

La precariedad agudiza el ingenio. Y esos puntos adicionales de coeficiente intelectual se traducen en el surgimiento de negocios que brotan de la nada. Éste es el ejemplo más significativo que he hallado en mucho tiempo: un vejete apostado en el Boulevard Pasteur con una báscula —apenas una plataforma de cristal con un marcador electrónico—. Le sueltas unos dírhams y te pesas.

Varios policías con ametralladoras montan guardia en los alrededores del Consulado de Francia.

En el Gran Café de París hay una mujer de mediana edad fumando. Por alguna razón —acaso la severidad de su rostro— me recuerda a Patricia Highsmith.

El local es amplio. Las paredes están cubiertas de madera. La iluminación es óptima, con un gradiente que retrocede desde el ventanal hacia el interior. Nos sirven unos terrones de azúcar junto al café. Pierdo al backgammon.

Te quiero muchísimo.

En Tánger las cafeterías se llenan cuando televisan un partido de fútbol, aunque se trate de un Celta-Málaga o de un Liverpool-No-sé-quién.

En una de las tiendas del laberinto de calles que recorren la medina, me compro una Mano de Fátima de latón. Es una mano fractal: de la mitad de la palma pende otra Mano de Fátima de tamaño menor.

Advierto la presencia de tableros de parchís en los «escaparates» exteriores de varias de las tiendas de quincallería y souvenirs.

La excursión al Café Hafa resulta relativamente infructuosa. Es tal la cantidad de gente allí reunida que se hace imposible encontrar una mesa que no esté ocupada. Como ni H ni yo hemos recibido una educación que favorezca el desarrollo de un carácter caprichoso, aceptamos de buen grado esta derrota parcial, sabemos darnos por satisfechos con la contemplación del mar, y desandamos el camino hasta el núcleo de la ciudad.

Para dar con el Café Baba tenemos que serpentear por la medina y solicitar las indicaciones de los comerciantes. Nada hay aparentemente en el Café Baba que lo acredite como un lugar especial. Lo es, sin embargo, por la historia, del mismo modo que ha terminado siéndolo —salvando las distancias— el Bukowski Club de Malasaña. Un antro de unos pocos metros cuadrados por cuyas paredes paseaban las cucarachas, al que la benevolencia mnemónica de la nostalgia ha elevado a categoría de mito. El Café Baba debe su fama a la profusión de escritores, músicos, cineastas y vividores de diverso jaez que por allí han ido pululando a lo largo de los años.

H decide quedarse fuera porque sólo hay hombres en el local y no le apetece sentir la mirada de cincuenta pares de ojos. Yo opto por entrar, pero el tiempo justo para recorrer el interior con apremio y echar un furtivo vistazo. El humo que flota en el ambiente empieza a ser insoportable.

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