Presentación de 20 brotes en Madrid

Presentación de '20 brotes' en Madrid

Eran las siete de la mañana cuando vi en mi teléfono el mensaje de Joaquín Campos. Lo había escrito dos horas antes, sobre las cinco, desde Pekín. Me comentaba que iba a presentar su último libro en Madrid y me preguntaba si podía acudir al acto en calidad de maestro de ceremonias. «No sé si tienes poder de convocatoria —me decía—. A mí en Madrid me conocen siete.»

Le expliqué que hacía mucho tiempo que no me movía por los círculos literarios —por los círculos en general, puntualizo ahora—, y le confesé que nunca había presentado un libro que no hubiera escrito yo. A pesar de estas ignominiosas credenciales, le dije que sí, que sin problema, que contara conmigo para acompañarlo en tan señalado trance.

Parece una obviedad, pero decir que sí es la mejor forma que he encontrado a lo largo de mi vida de no decir que no. Porque para alguien que puede considerarse experto en el arte de declinar proposiciones, la respuesta negativa siempre está más a mano que la positiva. Y dar el «sí» elimina de un plumazo la tentación de renunciar, y te coloca de inmediato en un territorio inexplorado al cual jamás habrías accedido desde tu predecible comodidad.

Joaquín Campos es un personaje atípico en el universo de las letras. Ha trabajado durante gran parte de su vida —y lo sigue haciendo— de cocinero. Ha residido en cuatro continentes, pasando cinco o seis años en China y otros tantos en Camboya. Vive al día, con lo puesto, y cambia constantemente de hogar — «Para mí las casas son garajes inhóspitos donde vuelvo a recargar el móvil, dormir y ducharme»—. Se extasía con la contemplación de trenes —«Me fascina ver los trenes pasar»—. Confeso consumidor de bebidas alcohólicas —«Beber sigue siendo mi absoluta preferencia»—, lo es también de prostitución, sin que ello le ocasione el menor sonrojo —«Perdona, ¿qué me quieres decir? Mira, déjame que te explique: a lo largo y ancho de mi vida me he acostado con 700 putas. Incluidos una treintena de travelos. ¿Entiendes?»— . Al contrario que muchos literatos, no simpatiza con el comunismo, tal vez porque tuvo que padecerlo cuando vivía en China —«Para mí ser «solidario sexual»—que me río yo de Manu Chao y sus secuaces— es repartir lo que tienes en el mayor acto comunista esparcido por un liberal convencido, como es mi caso. Porque el mayor acto de comunismo siempre provendrá de uno que no lo sea»—. Joaquín, en definitiva, no sigue más pasos que los que le dictan sus propios zapatos. Y así le va bien; probablemente porque, como él mismo expone, «éxito es el verdadero antónimo de envidia».

Si tuviera que describir la escritura de Joaquín Campos de la manera más escueta posible, diría que es como una fotografía. Pero no como una fotografía cualquiera, sino como una Polaroid tan reciente que aún no se ha terminado de revelar.

Joaquín Campos es el Daido Moriyama de la literatura. El fotógrafo japonés renegaba de la Leica, se alejaba de la mirada escrupulosa de sus colegas de profesión y se marchaba a patear, cámara compacta en mano, los callejones de Shinjuku, donde disparaba a quemarropa y sin contemplaciones en una oda a la realidad tan descarnada que inevitablemente sobrecoge.

Joaquín Campos, como Daido Moriyama, prefiere retratar una verdad de grano grueso y sombras con Parkinson, al amanecer aséptico que tantos otros diseccionan parapetados tras un trípode.

El escritor justifica con su narrativa que la forma debe estar comandada por el fondo, y no al revés; del mismo modo que el fotógrafo japonés, en contraposición a los neuróticos de las lentes convexas, afirmaba aquello tan lapidario de que «la cámara es tu esclava».

Joaquín no es ajeno a su propio estilo y conoce a la perfección qué lugar ocupa y cuál es su hoja de ruta: «Que ahí radica mi éxito, por llamarlo de algún modo: mientras otros cuidan su estilo contando poco, yo lo cuento todo con un estilo que podría ser mejorable. Pero nunca olviden que el riesgo no se aprende en las escuelas. Sin embargo la sintaxis siempre puede llegar a mejorarse mediante el ejercicio diario de escritura y lectura. Y en esas estoy.»

Casualmente —o no tanto— sus palabras suenan parecidas a las que pronunciara el inefable Dalí: «Lo importante de mi escritura no es el estilo, ni la sintaxis, ni los recursos discursivos; lo importante de mi escritura es sencillamente lo que digo, y esto llegará el día en que será aceptado.»

Aunque creo que Joaquín se identificará más con Mohammed Chukri: «Porque aunque Chukri fuera un escritor simple en su exposición literaria —nos advierte— ha contado más cosas que la inmensa mayoría de los escritores que, como casi nunca tienen nada que contar, nos apedrean con sus supuestas sorpresas narrativas, meandros explicativos, prosas sostenidas en eternas metáforas y abusos innecesarios de sinónimos, que como los agujeros del queso de gruyer, hacen que ese tipo de obras se disuelvan en nuestras memorias como los azucarillos en los cafés solos. Chukri es elegante porque lo cuenta todo.»

La literatura de Joaquín es tan realista como sórdida y traspasa con frecuencia los límites de la escatología. Existe en ella una pulsión de sinceridad que no se aviene a negociaciones. Su compromiso es tan estrecho que ni siquiera es condescendiente con su propia figura. Al autor no le duelen prendas en anteponer la honestidad del relato a su propia reputación, siendo habitual en sus textos la autoparodia e incluso las confesiones de orden moral que lo dejan bastante malparado.

Hace unos meses, cansado de que compararan mi ego con el de Leo Zelada —un poeta menor cuya autoestima está en realidad por los suelos, como prueba el hecho de que, lejos de alabar su propia obra, lo que hace es magnificar los elogios que recibe o la cantidad de público que congrega—, dije lo siguiente: «Hay una gran diferencia entre la egolatría de Leo Zelada y la mía: Leo Zelada es incapaz de reírse de sí mismo y yo sí soy capaz de reírme de Leo Zelada». Lo que quise decir, bromas aparte, es que sólo quien tiene la autoestima en el lugar correcto —y esto no quiere decir necesariamente por los cielos—, tiene la capacidad y la valentía de reírse de sí mismo. Y Joaquín lo hace constantemente, siendo frecuente que en sus textos llegue a burlarse hasta de su aspecto físico.

En el mensaje que Joaquín Campos me envió para pedirme que lo acompañase en la presentación de su libro, me confesaba que había pensado en mí porque yo, como él, era políticamente incorrecto. La corrección política, síntoma y causa de la decadencia de esta sociedad, es el miedo a expresar una opinión que sabes que tu audiencia o parte de ella no comparte. Como bien ha sabido ver Joaquín, que los demás estén o no de acuerdo con mi opinión es algo que nunca me ha condicionado. Y es evidente que el miedo al qué dirán tampoco parece presente en el autor de un libro cuyo protagonista se despacha de esta manera: «Si Lorca no hubiera sido maricón, rojo, poeta, y no hubiera sido fusilado en la Guerra Civil, ni cristo le habría prestado atención; o al menos tanta. Lorca era más común que magnífico».

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