A MUY TEMPRANA EDAD YA COMPRENDISTE

Muy pronto, en el colegio, ya intuiste
un solar sin más sombra que la tuya
cuando decía el profesor aquello:
«Que levanten la mano los que piensen…»,
y todos se volvían a mirarte.

Así fuiste creciendo, ajeno al resto,
en contra de criterio colectivo;
del sentido común en ocasiones;
pero insensible a la presión social
de saberte el eterno disidente.

Después de tantos años ya conoces
la aversión casi física que sienten
quienes identifican al extraño
con un cruel invasor de sus dominios.

Sabes que muchos sufren tu opinión
con la exasperación y antipatía
con que se sufre al dígito certero
que colocado en la oportuna celda
te condena a tachar medio sudoku.

Por decir lo que piensas has perdido
posibles amistades y romances.
Te has cerrado la puerta que conduce
a las editoriales y a los medios,
y a quienes ni siquiera te entendieron.

Has caminado solo desde niño
y seguirás haciéndolo por siempre.
A muy temprana edad ya comprendiste
que era el precio a pagar por ser un genio.

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