¿Deberíamos prohibir a Hermann Tertsch?

ACAB
Lo dice la pared

El motivo por el que un liberal como yo está en contra de la tenencia de armas de fuego es el siguiente: mi libertad —mi derecho a la vida— es sagrada; pero el Estado no puede garantizármela en un marco en el que los demás pueden llevar pistola. Con mayor claridad: si un tío me dispara, el Estado no detendrá la bala.

El Estado, en efecto, establece medidas para evitar que actos así se produzcan: condena a quienes disparan a inocentes. Pero estas medidas, aun siendo en ocasiones tan extremas como la pena de muerte, no son suficientemente disuasorias como para garantizar el derecho a la vida de los ciudadanos. Una vez muertos, de nada nos sirve que quien nos disparó se ponga moreno en la silla eléctrica.

Mi derecho a la vida está por encima de tu derecho a portar un arma de fuego porque nadie puede asegurarme lo primero si tú incurres en lo segundo.

El taekwondo es algo así como dos mariquitas que no se deciden a pegarse.

El tema del burkini podría plantearse en iguales términos. Podemos conjeturar que al permitir el uso del burkini estamos colocando la primera piedra para que los musulmanes se asienten en nuestras ciudades con el propósito de acabar con nuestras libertades. Se puede establecer un paralelismo entre el arma de fuego y el burkini, pues ninguno de los dos, a priori, atenta contra nuestra libertad, pero ambos tienen la potencialidad de hacerlo. La diferencia entre la una y el otro es la capacidad que tiene el Estado de intervenir entre el instante en que se dispara el arma y el instante en que me llega la bala. Entre el momento en que la musulmana se coloca el burkini y el momento en que nos decapitan por no profesar la doctrina del Islam.

Como defensor de la libertad considero que estamos en un mejor camino cuanto más cerca estemos de ella. Prohibir el burkini para prevenir la hipotética cadena de acontecimientos que, años más tarde, daría al traste con nuestra libertad está más lejos de la misma de lo que está permitir su uso. ¿Prohibimos la lectura del Corán por su potencial para producir liberticidas? ¿La del Mein Kampf por razones análogas? ¿Dónde colocamos el límite?

Nunca seré Premio Nobel de Literatura porque a veces veo vídeos en los que bromistas americanos provocan a negros para que les peguen.

Hermann Tertsch afirma en un artículo titulado «Por la vital intransigencia», publicado en ABC:

Con la misma contundencia con que prohibimos cortar manos o lenguas, ahorcar homosexuales o lapidar mujeres, debemos prohibir que la mujer sea rebajada a animal empaquetado en las calles o en las playas. Porque si no se acabará permitiendo cortar manos, ahorcar homosexuales y lapidar mujeres.

Es decir, ataca la libertad individual, fulmina la presunción de inocencia. Adopta, en definitiva, la misma actitud censora y represora que trata de prevenir. Se comporta, en mi opinión, como un fanático, pues fanático es quien se obstina en prohibir cualquier cosa por motivos estrictamente neuróticos.

¿Deberíamos prohibir a Hermann Tertsch?

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