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De repente, una masa de carne informe roza tu mejilla. Crees reconocer los rasgos de un perro en el amasijo de piel y pelo. Tras el breve contacto, tu cuerpo continúa su descenso.

El perro está muerto y está hinchado y flota. Tú todavía estás vivo, pero te hundes. Un peso tira de ti hacia abajo.

Mientras desciendes, tu cabeza se inclina hacia atrás y tus ojos apuntan hacia arriba buscando el brocal. Ha llovido en los últimos días. La leve turbidez del agua no te impide identificar la silueta del animal recortada contra el cielo.

Un minuto y cuarenta y cinco segundos es el tiempo que tarda Frank Sinatra en cantar la primera nota del estribillo de My way. Es también el tiempo que aguantas sin respirar. Lo sabes porque lo has comprobado.

Por fin, las plantas de tus pies tocan el piso.

En los cursos de buceo aprendiste que bajo el agua los objetos parecen más cercanos de lo que están. Teniendo en cuenta este detalle, estimas unos siete metros hasta la superficie.

Esto es el final.

Aquí concluye tu aventura.

Vas a acabar tus días en el fondo de un pozo. Con un lastre atado a los tobillos y un perro muerto flotando unos metros por encima de tu cabeza.

Resulta irónico que vayas a terminar así, tan limitado. Tú, que hace apenas unas horas te metías en la cama improvisando hipótesis sobre la libertad.

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