Como una Pompeya sin Vesubio

Leo en Despachos de guerra, de Michael Herr:

Un día de frío en Hue, nuestro jeep entró en el estadio de fútbol, donde habían amontonado cientos de cadáveres de norvietnamitas, y los vi, pero no tienen en mi recuerdo la fuerza que tienen un perro y un pato que murieron juntos en un pequeño atentado terrorista en Saigón.

Puedo sentir lo que narra Herr como si lo estuviese viviendo yo mismo. Esa tristeza profunda. Esa desolación ante el dolor.

Dándole vueltas aún —cómo no— al «Proyecto Chashitsu». Me pregunto qué hacer con la tele. Porque la tele molesta; ocupa un espacio.

Lo penúltimo que se me ha ocurrido: prescindir de la tele. No usar nada más que el portátil. Lo último: colgarla en la pared como si de un cuadro se tratara y mover los pufs cuando me disponga a verla.

El pijama es un constructo psicológico. Pijama es, o debiera, o pudiese ser, cualquier prenda con la que uno se viste para dormir. Cuál es la más adecuada es un asunto que merece consideración. ¿Pijama clásico, de dos piezas, con pantalones y camisa con botones? ¿Esquijama? ¿Camiseta y calzoncillos? ¿Nada en absoluto?

He dormido en pelotas y no he pasado nada de frío. Madrid; noviembre.

No dormía desnudo desde que, diez años atrás, una novia me iniciara en tan salubre práctica.

Pero no es la forma correcta de vestir —o no hacerlo— en la cama lo que me desvela en este instante concreto de mi biografía. Mi preocupación actual consiste en determinar la manera correcta de vestir en el resto de la casa.

Supongo que unos pantalones chinos y una camisa es una decisión adecuada. Con una chaqueta en invierno. En cualquier caso, este debate interno no ha hecho más que comenzar.

Me doy cuenta de que dedicar tantas horas a pensar en la decoración y en el atuendo tiene como objetivo no tener que perder tiempo en tales menesteres para poder así centrarme en lo verdaderamente importante.

Me gustaría ir a Tánger en enero. Durante estos días estoy viendo vídeos y leyendo textos que me anticipan la ciudad. Desde la distancia la percibo como una ciudad interrumpida, marchita a fuerza de indiferencia, como una Pompeya sin Vesubio o una Chernóbil sin radiactividad. Incapaz de convencer al viajero de su pasado de gloria, como ese viejo púgil borracho acodado en la barra cuyas hazañas nadie creerá jamás.

En uno de esos vídeos, Juan Goytisolo describe con gran belleza y una potencia visual admirable el típico zoco marroquí:

Pirámides de almendras y nueces, hojas secas de alheña, pinchos morunos, calderos humeantes de harina, […] cabezas de carnero pensativas, […] confites de coloración violenta, […] una estrafalaria torre Eiffel.

Las expresiones «cabezas de carnero pensativas» y «confites de coloración violenta» me parecen sublimes.

«No estoy para tonterías» como la crítica poética definitiva. Salam.

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